15-03-2010



En esto momentos vivo la tarde de un domingo. Para mí y seguramente para todas las personas que tienen empleo, estas son horas angustiosas: Se ve venir a pasos agigantados el negro lunes. Durante la tarde del sábado y la mañana del domingo, pienso, píenso… (¿Redundante no cree?) y me considero un hombre libre, sí libre de preocupaciones ,llego hasta a olvidar mi condición de “cesante” ( ¿qué palabra más horrible no cree?) Pero en cuanto las primeras sombras del domingo empiezan a borrarlo, para dejar sitio al lunes , mi alma se inunda de tristeza; entonces mi introduzco debajo de mi cama y no puedo evitar llorar. La ropa que llevo días puesta, no hace otra cosa que apestar, los libros regados por el suelo dan la impresión de una batalla (perdida).
Mi familia evita tocar la puerta; mi hermana entra despacio durante las mañanas y limpia lo que puede. Yo finjo dormir. Ella no lo sabe pero se lo agradezco: agradezco la comida que deja sobre mi velador y siento una profunda angustia al sentirla que se aleja despacio a la puerta de salida para no hacer ruido.
No creo que en el infierno haya fuego, llamas, mucho calor. Para hacer sufrir a la gente son eficaces medidas mucho más económicas

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